29 febrero 2008

LA LEY DE LA GUERRA EN LA GUERRA CONTRA EL TERROR

Resumen: La administración Bush ha literalizado su “Guerra” contra el terrorismo, disolviendo las fronteras legales entre lo que un gobierno puede hacer en tiempos de paz y lo que está permitido en la guerra. Este movimiento puede haber hecho más fácil para Washington detener o matar a sospechosos, pero también ha amenazado los derechos fundamentales a un debido proceso, poniéndonos a todos en peligro.
¿Cuáles son los límites de la “Guerra contra el terrorismo” de la administración Bush? Las recientes luchas contra los gobiernos afgano e iraquí son guerras clásicas entre fuerzas militares organizadas. Pero el presidente George W. Bush ha sugerido que esta campaña contra el terrorismo va más allá de tales conflictos; dijo (29 de septiembre de 2001) “Nuestra guerra contra el terror será mucho más amplia que los campos de batalla y cabeceras de playa del pasado. La guerra se peleará donde quiera que los terroristas se oculten, huyan o planifiquen”.
Este lenguaje amplía el significado de la palabra “Guerra”. Si Washington se refiere a “guerra” metafóricamente, como cuando se habla de la “guerra” contra las drogas, la retórica no sería controvertida, sino un mero dispositivo exhortatorio destinado a obtener apoyo para una causa importante. Sin embargo, Bush parece pensar en la guerra contra el terrorismo bastante literalmente –como una auténtica guerra- y este concepto tiene implicaciones preocupantes. Las normas que rigen a los gobiernos son mucho menos estrictas en tiempos de guerra que en tiempos de paz. La administración Bush ha utilizado la retórica de la guerra precisamente para dotarse de los poderes extraordinarios que goza un gobierno en tiempos de guerra para detener o incluso matar a sospechosos sin juicio. En el proceso, la administración puede haber hecho más fácil para sí misma detener o eliminar sospechosos. Pero también esto ha amenazado a los más elementales derechos a un proceso justo.
LA LEY EN LA PAZ, LA LEY EN LA GUERRA

Al literalizar su “guerra” contra el terror, la administración Bush ha roto la distinción entre lo que
es permisible en tiempos de paz y lo que puede ser justificado durante una guerra. En tiempos de paz, los gobiernos están sujetos a estrictas normas de cumplimiento de la ley. La policía puede utilizar la fuerza letal solamente si es necesario para enfrentar una inminente amenaza de muerte o de lesiones corporales graves. Una vez que el sospechoso es detenido, debe ser acusado y juzgado. Estos requisitos –lo que se puede llamar “normas de aplicación de la ley”- están codificados en la ley internacional sobre los derechos humanos.
En tiempos de guerra, las normas de aplicación de la ley se complementan con un conjunto de reglas más permisivas: es decir, el derecho humanitario internacional, que rige la conducta durante un conflicto armado. Bajo tales “reglas de guerra”, a diferencia de los tiempos de paz, un combatiente enemigo puede ser baleado sin previo aviso (a menos que esté incapacitado, en custodia, o intentando rendirse), independientemente de cualquier amenaza inminente. Si un combatiente es capturado, puede ser mantenido en custodia hasta el fin del conflicto, sin ningún tipo de juicio.
Estos dos conjuntos de reglas han sido desarrollados a lo largo de los años, tanto por tradición como por convenciones internacionales detalladas. Sin embargo, hay poca legislación que explique exactamente cuándo un conjunto de reglas debe aplicarse en lugar de otro. Por ejemplo, las Convenciones de Ginebra (la principal codificación de las normas de la guerra) se aplican a un “conflicto armado”, pero los tratados no definen el término. Afortunadamente, en su comentario sobre ellas, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), el custodio oficial de las Convenciones, ha proporcionado algunas orientaciones.
Una de las pruebas sugeridas por el CICR para determinar si se debe aplicar reglas de guerra o de tiempos de paz, consiste en examinar la intensidad de las hostilidades en una situación dada. Por ejemplo, la administración Bush ha declarado que al-Qaeda está en “guerra” con los EE.UU. debido a la magnitud de sus ataques el 11 de septiembre de 2001, sus ataques con bombas a las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania, el ataque al USS Cole en Yemen, y las bombas en los complejos residenciales en Arabia Saudita. Cada uno de estos ataques fue ciertamente un delito grave que justifica su procesamiento. Pero, técnicamente hablando, ¿la administración tenía derecho a reclamar que esto equivalía a una guerra? El comentario de la CICR no ofrece una respuesta clara.
Además de la intensidad de las hostilidades, la CICR sugiere considerar otros factores como la regularidad de los enfrentamientos armados y el grado en el que están organizadas las fuerzas opositoras. Si un conflicto está motivado políticamente también parece desempeñar un papel no reconocido en la decisión de si se trata de una guerra o no. Así, el crimen organizado o el tráfico de drogas, aunque metódicos y sangrientos, generalmente se consideran bajo las normas de aplicación de la ley, mientras que las rebeliones armadas, una vez lo suficientemente organizadas y violentas, se consideran como “guerras”. El problema con estas directrices, sin embargo, es que fueron escritas para hacer frente a conflictos políticos y no al terrorismo mundial. De manera que no queda claro si al-Qaeda debería ser considerado una operación criminal organizada (lo cual no daría lugar a la aplicación de reglas de guerra) o una rebelión (que sí lo haría).
Aún en el caso de una guerra, otro de los factores para decidir la aplicación de la ley o las reglas de guerra, es la naturaleza de la participación de un sospechoso. Este enfoque puede ser útil porque las reglas de guerra tratan como combatientes solamente a aquellos que están tomando parte activa en las hostilidades. Normalmente, esta categoría incluye a miembros de un ejército que no han depuesto las armas, así como a otros que están luchando o que están cerca de una batalla, dirigiendo un ataque, o defendiendo una posición. En virtud de esta norma, incluso civiles que recogen las armas y empiezan a luchar pueden ser considerados combatientes y tratados en consecuencia. Pero esta definición es difícil de aplicar en el caso del terrorismo, donde los roles y las actividades son clandestinos y la relación de una persona con actos violentos específicos a menudo no está clara.
CASOS DIFÍCILES
Habida cuenta de que existe mucha confusión acerca de si se deben aplicar reglas de guerra o normas jurídicas de tiempos de paz en una situación determinada, un mejor enfoque sería tomar la decisión en base a sus implicancias para la política pública. Lamentablemente, la administración Bush parece haber ignorado tales preocupaciones.
Consideremos, por ejemplo, los casos de José Padilla y Ali Saleh Kahlah al-Marri. Oficiales federales arrestaron a Padilla, un ciudadano norteamericano, en mayo de 2002 cuando llegaba proveniente de Pakistán al aeropuerto O´Hare, de Chicago, supuestamente por estar examinando posibles objetivos para una bomba “sucia” (radiológica). En cuanto a al-Marri, un estudiante originario de Qatar, fue arrestado en diciembre de 2001 en su casa en Peoria, Illinois, por ser presunto agente “dormido”: un terrorista inactivo que, una vez activado, ayudaría a otros a lanzar ataques. El presidente Bush, invocando reglas de guerra, ha declarado a estos dos hombres como “combatientes enemigos”, lo que permite al gobierno norteamericano mantenerlos mantenerlos bajo custodia sin cargos ni juicios hasta que termine la guerra contra el terrorismo (cuando quiera que eso suceda).
Pero Padilla y al-Marri, incluso si hubieran hecho en efecto lo que el gobierno afirma, ¿deberían realmente ser considerados guerreros? ¿No son más bien delincuentes comunes? Un simple experimento mental demuestra cuán peligrosas podrían ser las consecuencias de tratarlos como combatientes. La administración Bush ha asegurado que los dos hombres planeaban librar una guerra contra los EE.UU. y que por lo tanto debían ser considerados como soldados de hecho. Pero si este fuera el caso, entonces bajo las normas de guerra, los dos hombres podrían haber sido baleados tan pronto como fueron vistos, independientemente de si suponían cualquier peligro inmediato para los Estados Unidos (aunque se podrían haber salvado en virtud de lo que se conoce como la doctrina de la “necesidad militar”, que sostiene que la fuerza letal no debe utilizarse si un combatiente enemigo puede ser neutralizado de otra forma). Según la lógica de la administración Bush, entonces, Padilla podría haber sido abatido a tiros cuando se bajó de su avión en O´Hare, y al-Marri cuando dejaba su casa en Peoria. Esto es, después de todo, lo que implica ser un combatiente en tiempos de guerra.
Pero la administración Bush no ha declarado que ninguno de los sospechosos estuviera en cualquier lugar cerca de llevar a cabo sus supuestos planes terroristas. Por lo tanto, ninguno de los dos hombres planteaba alguna clase de amenaza inminente que justificara el uso de la fuerza letal en virtud de las normas de aplicación de la ley. En vista de ello, hubiera sido profundamente inquietante que se los abatiera como soldados enemigos. Por supuesto, la Casa Blanca no se ha propuesto matarlos; en vez de ello, planea detenerlos indefinidamente. Pero si Padilla y al-Marri no deben ser considerados combatientes enemigos con el fin de darles muerte, tampoco deberían ser considerados combatientes enemigos con el fin de detenerlos.
Un problema de clasificación similar, aunque con un resultado probablemente diferente, se planteó en el caso de Qaed Salim Sinan al-Harethi. Al-Harethi, que según Washington era un oficial de alto rango de al-Qaeda, fue asesinado por un misil teledirigido en noviembre de 2002 mientras manejaba su vehículo en una remota área tribal de Yemen. Cinco de sus acompañantes, incluyendo un ciudadano norteamericano, también murieron en el ataque, que fue llevado a cabo por la CIA. Aparentemente la administración Bush consideró que al-Harethi era un combatiente enemigo por su supuesta participación en el ataque al USS Cole en octubre del año 2000. En este ejemplo, el caso para la aplicación de normas de guerra era más fuerte que con Padilla o al-Marri (aunque la administración Bush nunca se molestó en explicarlo). La mera participación de al-Harethi en el ataque al USS Cole en el 2000 no lo habría convertido en un combatiente en el 2002, ya que podría haberse retirado de al-Qaeda; las normas de guerra permiten atacar solo a combatientes actuales, no pasados. Y si al-Harethi era un civil, legalmente no podría haber sido atacado a menos que estuviera activamente comprometido en hostilidades en ese momento. Pero la administración alegó que al-Harethi era un “agente de alto rango de Bin Laden en Yemen”, insinuando que estaba en pleno proceso de preparación de futuros ataques. Si hubiera sido cierto, esto habría hecho más apropiado el uso de las reglas de guerra en su contra. Y a diferencia de los casos de Padilla y al-Marri, arrestar a al-Harethi podría no haber sido una opción. El gobierno yemení tiene poco control sobre el área tribal donde fue asesinado; de hecho, se informó que 18 soldados yemeníes habían muerto en un intento anterior de arrestarlo.
Aunque podría haber habido un caso razonable para aplicar las normas de guerra con al-Harethi, la administración Bush ha aplicado estas reglas con bastante menos justificación en otros episodios fuera de los Estados Unidos. Por ejemplo, en octubre de 2001, Washington pretendía la captura de seis hombres argelinos en Bosnia. En un primer momento, el gobierno norteamericano siguió las normas de aplicación de la ley y logró arrestarlos. Pero luego de una investigación de tres meses la Corte Suprema de Bosnia ordenó la liberación de los sospechosos por falta de evidencias. Sin embargo, en lugar de ofrecer pruebas adicionales Washington simplemente pasó a aplicar las reglas de guerra. Presionó al gobierno bosnio para que entregara a estos hombres de cualquier forma y se los llevó del país –no para juzgarlos, sino para retenerlos por tiempo indefinido en la base naval norteamericana en la Bahía de Guantánamo.
La administración siguió un patrón similar en junio de 2003, cuando cinco sospechosos de al-Qaeda fueron detenidos en Malawi. El tribunal superior de Malawi ordenó a las autoridades locales que cumplieran con la ley y que acusaran o liberaran a los cinco hombres, todos ellos extranjeros. Haciendo caso omiso de la ley local, la administración Bush insistió en que los hombres fueran entregados a las fuerzas de seguridad norteamericanas. Los cinco fueron sacados repentinamente del país y llevados a un lugar no revelado –no para juzgarlos, sino para interrogarlos. El movimiento desencadenó multiples disturbios en Malawi. Los hombres fueron liberados un mes después en Sudán, después de que el interrogatorio por parte de los norteamericanos fracasara en obtener cualquier evidencia incriminatoria.
UN MAL EJEMPLO
Estos casos no son anomalías. En los últimos dos años y medio, el gobierno de los EE.UU. ha tomado la custodia de una serie de sospechosos de al-Qaeda en países como Indonesia, Pakistán y Tailandia. En muchos de estos casos, los sospechosos no fueron capturados en un campo de batalla tradicional. Sin embargo, en vez de permitirles a estos hombres ser acusados de un delito bajo las normas jurídicas locales, Washington los ha tratado como combatientes y los ha entregado a un centro de detención estadounidense.
Hay algo inquietante acerca de esta política. Dicho de manera sencilla, utilizar las normas de guerra cuando se podrían seguir las normas de aplicación de la ley razonablemente, es peligroso. Los errores, ya bastante comunes en las investigaciones penales ordinarias, son aún más probables cuando un gobierno depende del tipo de inteligencia lóbrega que conduce muchas investigaciones terroristas. Si se usan las normas de aplicación de la ley, una detención errónea puede ser rectificada ante un tribunal. Pero si se aplican reglas de guerra, el gobierno nunca está obligado a demostrar la culpabilidad de un sospechoso. En lugar de ello, un presunto terrorista puede ser mantenido en calidad de detenido durante todo el tiempo que lleve ganar la “guerra” contra el terrorismo. Y las consecuencias del error son aún más graves si el supuesto combatiente es asesinado, como lo fue al-Harethi. Tales errores son un peligro inevitable en el campo de batalla, donde se deben tomar rápidas decisiones de vida o muerte. Pero cuando no existe tal urgencia, la prudencia y la humanidad imponen la aplicación de los estándares de las reglas de la ley.
Washington también debe recordar que su conducta es tomada como ejemplo por muchos gobiernos en todo el mundo. Después de todo, muchos otros estados estarían muy deseosos de encontrar una excusa para eliminar a sus enemigos a través de las normas de guerra. Israel, por mencionar uno, ha usado este razonamiento para justificar el asesinato de sospechosos terroristas en Gaza y en la Ribera Occidental. No es difícil de imaginar a Rusia haciendo lo mismo con líderes chechenos en Europa, a Turquía utilizando un pretexto similar contra los kurdos en Irak, a China contra los Uigures en Asia Central, o a Egipto contra los islamistas en su propio territorio.
Además, la administración Bush debe reconocer que la legislación internacional sobre los derechos humanos no es indiferente a las necesidades de un gobierno frente a una crisis de seguridad. Los procesos penales suponen el riesgo de la divulgación de información delicada, como lo descubrió la administración en el procesamiento de Zacarias Moussaoui. Pero en virtud de un concepto conocido como “excepción”, los gobiernos están autorizados a suspender temporalmente ciertos derechos cuando se pueda demostrar que es necesario para hacer frente a una “emergencia pública que amenaza la vida de la nación”. El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que EE.UU. ha ratificado, requiere que los gobiernos que buscan la excepción presenten una declaración justificando el movimiento con el secretario general de las Naciones Unidas. Entre los muchos gobiernos que lo han hecho, están Argelia, Argentina, Chile, Colombia, Perú, Polonia, Rusia, Sri Lanka, y el Reino Unido. Sin embargo, Estados Unidos, decidido a evitar la vigilancia formal involucrada, no se ha preocupado en hacerlo.
El Departamento de Justicia norteamericano ha defendido el uso de las normas de guerra por parte de la administración Bush citando una decisión de la Corte Suprema de los EE.UU. desde la Segunda Guerra Mundial, Ex Parte Quirin. En ese caso, la Corte dictaminó que saboteadores del ejército alemán que habían aterrizado en los EE.UU. podían ser juzgados como combatientes enemigos ante comisiones militares. La Corte distinguía su fallo de un anterior caso de la época de la Guerra Civil, Ex Parte Milligan, que sostenía que un residente civil de Indiana no podia ser juzgado en una corte militar porque los tribunales civiles permanecían abiertos y en funcionamiento. Señalando que los saboteadores alemanes habían entrado en los EE.UU. usando por lo menos partes de sus uniformes, la Corte en el caso Quirin sostuvo que las protecciones del caso Milligan solamente se aplicaban a las personas que no eran miembros de las fuerzas armadas enemigas.
Sin embargo, hay varias razones por las que Quirin no justifica el amplio uso de las reglas de guerra por parte de la administración Bush. En primer lugar, los saboteadores en el caso Quirin era agentes de un gobierno (alemán) con el que EE.UU. obviamente estaba en guerra. Si los EE.UU. están realmente en “guerra” con al-Qaeda sigue siendo incierto en virtud de la ley. En segundo lugar, aunque la Corte en Quirin definía a un combatiente como cualquier persona que estuviera operando con intenciones hostiles detrás de líneas militares, podría decirse que el caso ha sido reemplazado por las Convenciones de Ginebra de 1949 (ratificadas por los Estados Unidos), que, como se señaló anteriormente, dictamina que son combatientes solamente las personas que son miembros de las fuerzas armadas de un enemigo o que están tomando parte activa en las hostilidades. Por lo tanto, el caso Quirin no ayuda a determinar si, en virtud de las leyes actuales, las personas como Padilla o al-Marri deberían ser consideradas civiles (que, según Milligan, deben comparecer ante tribunales civiles) o combatientes (que pueden enfrentar un tratamiento militar). Además, Quirin establece solamente quién puede ser juzgado ante un tribunal militar. Sin embargo, la administración Bush ha afirmado que tiene el derecho de mantener a Padilla, al-Marri y a otros “combatientes” detenidos sin juicio de ningún tipo – en realidad, excluyendo cualquier evaluación formal e independiente sobre los motivos de una detención de por vida. Por último, mientras que el gobierno en el caso Quirin estaba operando de acuerdo a una concesión específica de autoridad por parte del Congreso, la administración Bush ha actuado por su cuenta al tomar la difícil decisión de tratar a Padilla y al-Marri como combatientes, sin permitir la intervención democrática que brindaría un debate legislativo.
PERMANEZCA SEGURO
Estados Unidos no debería suspender tan livianamente el derecho a un proceso legal justo, como lo ha hecho la administración Bush con sus “combatientes enemigos” –sobre todo cuando un error podría causar la muerte o la detención prolongada sin una acusación ni juicio. Las normas de aplicación de la ley se supone que deben aplicarse a todos los sospechosos en la “guerra” contra el terror, y la carga debe caer sobre todos aquellos que quieren invocar las reglas de guerra para demostrar que son necesarias y apropiadas.
La mejor forma de determinar si se deben aplicar las reglas de guerra, sería una prueba de tres partes. Para invocar reglas de guerra, Washington tendría que probar: primero, que un grupo organizado está dirigiendo repetidos actos de violencia contra EE.UU., sus ciudadanos, o sus intereses, con la suficiente intensidad como para que pueda ser reconocido como un conflicto armado; en segundo lugar, que el sospechoso es un miembro activo de una fuerza armada opositora o que es un participante activo en la violencia; y en tercer lugar, que los medios de aplicación de la ley no están disponibles.
Dentro de los Estados Unidos, el tercer requisito sería casi imposible de satisfacer –como debería serlo. Dadas las ambigüedades del terrorismo, deberíamos guiarnos más por la afirmación del estado de derecho (Milligan) que por la excepción a este (Quirin). Fuera de los EE.UU., Washington nunca debería recurrir a las reglas de guerra fuera de un tradicional campo de batalla si las autoridades locales pueden y están dispuestas a arrestar y entregar a los sospechosos ante un tribunal independiente –sin tener en cuenta la forma en que dictamine luego este tribunal. Las reglas de guerra deberían usarse en tales casos sólo cuando no exista un sistema jurídico (y cuando estén presentes las otras condiciones de guerra), no cuando el Estado de Derecho parece producir resultados inconvenientes. Incluso si las fuerzas militares se usan para llevar a cabo un arresto en tales casos, todavía pueden aplicarse las normas de aplicación de la ley; solamente se podrían tolerar las reglas de guerra cuando el intento de arresto es demasiado peligroso.
Este enfoque reconocería que las reglas de guerra tienen su lugar –pero que, dada la forma en que comprometen intrínsecamente los derechos fundamentales, deberían usarse con moderación-. Fuera de un campo de batalla tradicional, estas reglas deberían ser usadas, aún contra un enemigo belicoso, como un último recurso, cuando no hay una alternativa razonable, no cuando se dispone de un sistema judicial en funcionamiento. Hasta que haya mejores directrices sobre cuándo aplicar las reglas de guerra y cuándo las normas de aplicación de la ley, este test de tres partes, tomadas de las consecuencias políticas de la decisión, ofrece la mejor forma de equilibrar la seguridad y los derechos civiles. En un intento de hacer más seguros a los norteamericanos, los ha hecho (a ellos y a muchos otros) menos libres.

Traducido de: The law of war in the war on terror, por Kenneth Roth (Director Ejecutivo de Human Rights Watch), en Foreign Affairs, enero/febrero 2004
Véase el art. original en:
http://www.foreignaffairs.org/20040101facomment83101-p0/kenneth-roth/the-law-of-war-in-the-war-on-terror.html

23 febrero 2008

Perfiles: Imad Mughniyeh


El asesinato del archi terrorista Imad Mughniyeh fue una noticia recibida con beneplácito en Washington, Buenos Aires, Tel Aviv, y, aunque en silencio, en Beirut y Bagdad. No obstante, para el Hizbollah y Damasco, la pérdida de Mughniyeh –un brillante militar táctico, un contacto clave con Teherán, y un exitoso líder político- es un duro golpe para sus actividades y operaciones en curso.La primera etapa de su vidaImad Fayez Mughniyeh, también conocido como Hajj Radwan, nació en el sur del Líbano en 1962 y se convirtió en francotirador en las fuerzas de Yasser Arafat en 1976. Estuvo implicado en algunos de los ataques terroristas más espectaculares de las décadas de 1980 y 1990, lo que le dio un lugar en las listas de los más buscados por el FBI y los Estados Unidos. Se desempeñó como jefe de operaciones especiales en las operaciones internacionales del Hizbollah y como el principal enlace del grupo con los servicios de seguridad e inteligencia de Irán.El primer acto terrorista de alto perfil vinculado con Mughniyeh fue el ataque en 1983 a la embajada norteamericana en Beirut, que causó la muerte de sesenta y tres personas. En el otoño del mismo año, presuntamente planificó el ataque con dos camiones cargados con bombas en Beirut, que afectó a un edificio que alojaba a paracaidistas franceses, matando a cincuenta y ocho personas, y a un cuartel del ejército norteamericano, matando a 241 marines. Mughniyeh también diseñó una serie de secuestros de alto perfil, incluyendo a William Buckley, jefe de la estación de la CIA en Beirut (quien fue asesinado poco después), y un corresponsal de la agencia AP, Terry Anderson, quien fue mantenido en cautiverio durante seis años antes de su liberación. Mughniyeh también participó (y posteriormente fue acusado por esto) en el secuestro en 1985 del vuelo 847 de la TWA, que terminó con la ejecución de Robert Stetham, buzo de la armada norteamericana.Alcance internacionalComo jefe de las operaciones internacionales del Hizbollah, Mughniyeh supervisaba la red terrorista del grupo y estableció células operativas en todo el mundo.América del Sur. La primera gran operación de Mughniyeh fuera del Líbano fue el atentado en marzo de 1992 a la embajada de Israel en Buenos Aires, que mató a veintinueve personas. Dos años más tarde, comandó el ataque a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en la misma ciudad, causando la muerte de ochenta y cinco personas. Aunque Hizbollah llevó a cabo el ataque, documentos judiciales argentinos alegan que el impulso de Mughniyeh provino de una fatwa emitida por el líder supremo iraní, Alí Khamenei.Conflicto árabe-israelí. Mughniyeh fue central en el respaldo del Hizbollah a los grupos terroristas palestinos y sus operaciones contra Israel. De hecho, funcionarios norteamericanos sostienen que Irán ordenó a Mughniyeh que ayudara a Hamas y la Jihad Islámica Palestina poco tiempo después de que estallara la segunda intifada en septiembre de 2000. Hassan Nasrallah (secretario general del Hizbollah) y Mughniyeh supuestamente trabajaron juntos en la planificación de ataques terroristas a nivel mundial y a lo largo de la línea azul certificada por la ONU que separa a Israel y el Líbano. También se cree que Mughniyeh habría facilitado el entrenamiento y la transferencia de miembros del Hizbollah a Israel a través de Europa con el fin de vigilar y llevar a cabo ataques.Mughniyeh también estuvo seriamente involucrado en el asunto del Karine-A –un intento iraní de enviar armas a la Autoridad Palestina. Hajj Bassem, mano derecha de Mughniyeh, comandó personalmente el barco que se reunió con el Karine-A en la isla iraní de Kish, y supervisó la transferencia de las armas iraníes.Sudeste de Asia. Durante la década de 1990, las operaciones del Hizbollah en el Sudeste de Asia fueron llevadas a cabo bajo el mando de ayudantes de Mughniyeh. En 1994, dos de sus colaboradores, Yousef al-Jouni y Abu Foul, casi tuvieron éxito en ataque con bombas a la embajada israelí en Bangkok, Tailandia. El Hizbollah efectuó tareas de inteligencia en sinagogas en Manila y Singapur, la oficina El Al en Bangkok, barcos que llegaban a Singapur, y también buques del ejército norteamericano y buques mercantes israelíes en el Estrecho de Malaca. Los miembros del Hizbollah también habrían conseguido y ocultado armas en Tailandia y Filipinas, y reclutado musulmanes sunnitas locales. Con la supervisión de Mughniyeh, el Hizbollah robaba pasaportes o conseguía pasaportes falsos, especialmente en las Filipinas, y efectuaba significativas recaudaciones de fondos en toda la región.Irak. El grupo de operaciones especiales de Mughniyeh también ha estado activo en Irak. Según un oficial de inteligencia de los Estados Unidos, Irán “ayudó a facilitar entrenamiento al Hizbollah dentro de Irak”. En junio de 2006, el entonces Subsecretario de Estado David Satterfield le dijo al diario Al Hayat que dirigentes del Hizbollah estaban involucrados en el ataque a las fuerzas de la coalición lideradas por Estados Unidos en Irak. En marzo de 2007, fuerzas de la coalición en Irak capturaron a Daqduq Ali Musa, un veterano del Hizbollah que estaba trabajando con la fuerza Al Quds de Irán entrenando a iraquíes en el uso de armas de alto grado, tareas de inteligencia, francotiradores, y operaciones de secuestro. Según el ejército norteamericano, en el año 2005, Daqduq “era mandado por altos dirigentes del Hizbollah libanés a Irán para trabajar con la fuerza Al-Quds en el entrenamiento de extremistas iraquíes”. En mayo de 2006, Daqduq “viajó a Teherán con Yussef Hashim, un compañero miembro del Hizbollah y jefe de las operaciones de la organización en Irak”.Consecuencias para las relaciones entre Siria y el HizbollahAl proporcionarle a Mughniyeh un refugio seguro, Siria ha confirmado su íntima y actual relación con el Hizbollah. Siria bajo Bashar al-Asad ha aumentado claramente las relaciones con la organización terrorista shiita, como se evidenció durante la guerra del verano del 2006, cuando Damasco equipó a la organización con su propia plataforma de armas anti-tanques, de fabricación rusa, así como también con sus cohetes anti-personales de fabricación propia. Pero por albergar a Mughniyeh –uno de los terroristas que figuran primeros en la lista de los más buscados por los Estados Unidos- Damasco asumió un riesgo extremo, sobre todo teniendo en cuenta que declara buscar mejores relaciones con Washington.Al mismo tiempo, el asesinato de Mughniyeh en territorio Sirio también pone de relieve la debilidad crítica del régimen Asad: ya no puede ofrecer una seguridad real para los terroristas que alberga. De hecho, el coche bomba de ayer solamente fue la última de una serie de incursiones extranjeras: en 2003, Israel bombardeó un campo de entrenamiento jihadista islámico en las afueras de la capital; en Damasco un coche bomba mató a un líder del Hamas en 2004; en 2006, aviones israelíes sobrevolaron el palacio de Asad en Latakia; y el año pasado, Israel destruyó una supuesta instalación nuclear suministrada por Corea del Norte en Siria. Ninguna de estas provocaciones suscitó represalias por parte de Siria.Un revés para el HizbollahPara el Hizbollah, la ausencia de Mughniyeh podría resultar más problemática políticamente que militarmente. Bajo su liderazgo, la capacidad operativa del grupo había aumentado de manera espectacular a través de su amplio entrenamiento en Irán, y sus despliegues contra las fuerzas de la coalición en Irak y contra Israel en el Líbano. A Mughniyeh se lo extrañará como táctico, como un eficaz enlace con la inteligencia iraní, y como el ingeniero de la red internacional del grupo. Pero los altos mandos militares del Hizbollah están bien entrenados, y ya no depende solamente de él la orientación operativa.
No obstante, políticamente Mughniyeh fue una constante dentro de una organización que cambia rápidamente. Algunos informes de la prensa árabe sugieren que hay un creciente disentimiento dentro de las filas del Hizbollah, a raíz de la guerra del verano del 2006, la lentitud en la reconstrucción del sur, y el actual liderazgo de Nasrallah de la organización –algo que viola las propias reglas del Hizbollah. Un informe del mes pasado incluso sugirió que le habían quitado la autoridad militar a Nasrallah y que se la habían adjudicado al subsecretario general, Naim Qassem. Pero como el Hizbollah es una organización opaca, estos informes no pueden tomarse al pie de la letra. Aún así, la salida de Mughniyeh elimina el conducto clave del Hizbollah con la inteligencia iraní, y esto podría exacerbar las fisuras de la organización.

Traducido de: Who was Imad Mughniyeh? Por Matthew Levitt y David Schenker
ICT (International Institute for Counter-Terrorism)
véase el art. original en:
http://www.ict.org.il/apage/24659.php

04 febrero 2008

¿EL PAÍS DE DIOS? Segunda Parte

LOS EVANGÉLICOS Y EL TÉRMINO MEDIOLos evangélicos, la tercera de las principales ramas del Protestantismo Americano, se extienden a ambos lados de la división entre fundamentalistas y liberales. Sus creencias básicas comparten raíces comunes con los fundamentalistas, pero sus ideas acerca del mundo han sido fuertemente influenciadas por el optimismo endémico de la sociedad estadounidense. Aunque existe una considerable diversidad teológica dentro de este grupo, en general está orientado por el “Calvinismo moderado” del teólogo holandés Jacobus Arminius, del siglo XVI, el pensamiento de los evangelistas ingleses como John Wesley (que seguía la tradición del pietismo alemán) y, en los Estados Unidos, la experiencia del Gran Despertar del siglo XVIII y los posteriores renacimientos religiosos.La principal denominación evangélica en Estados Unidos es la Convención Bautista del Sur, que, con más de 16.3 millones de miembros, es la denominación protestante más grande del país. Las siguientes denominaciones protestantes más grandes son las iglesias Afroamericanas, incluyendo a la Convención Bautista Nacional (Estados Unidos) y la Convención Bautista Nacional de América (cada una cuenta con unos 5 millones de miembros). La Iglesia de Dios en Cristo (Church of God in Christ), predominantemente afroamericana, es la denominación pentecostal más grande del país, y las Asambleas de Dios (Assemblies of God), en rápido crecimiento (con 2.7 millones de miembros) son la denominación pentecostal más grande no predominantemente negra. La Iglesia Luterana Sínodo de Missouri, con 2.5 millones de miembros, es la segunda denominación evangélica más grande predominantemente blanca. Como los fundamentalistas, los evangélicos blancos frecuentemente se encuentran en congregaciones independientes y pequeñas denominaciones. Las así llamadas organizaciones paralelas, tales como la Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo (Campus Crusade for Christ), los Guardianes de la Promesa (Promise Keepers), y los Traductores Bíblicos Wycliffe (Wycliffe Bible Translators), a menudo reemplazan o complementan a las estructuras denominacionales entre los evangélicos.Los evangélicos se parecen a los fundamentalistas en varios aspectos. Como los fundamentalistas, los evangélicos atribuyen gran importancia a los principios doctrinales del cristianismo, y no solo a sus enseñanzas éticas. Para evangélicos y fundamentalistas, el énfasis liberal en la ética se traduce en la creencia de que las buenas obras y el cumplimiento de la ley moral son el camino hacia Dios –una traición hacia el mensaje de Cristo, según su punto de vista. A causa del pecado original, según dicen, la humanidad es totalmente incapaz de cumplir con cualquier ley moral que fuera. El mensaje fundamental del cristianismo es que los esfuerzos humanos por agradar a Dios mediante la observancia de normas éticas rigurosas tienen que fracasar; solamente la crucifixión y resurrección de Cristo puede redimir al hombre. La admisión de la propia naturaleza pecadora y la aceptación del sacrificio de Cristo es lo que los evangélicos y los fundamentalistas entienden por “nacer de nuevo”. Cuando los cristianos liberales colocan la ética en el corazón de su teología, los fundamentalistas y los evangélicos se preguntan si estos liberales saben lo que realmente significa el cristianismo.Los evangélicos también conceden gran importancia a la diferencia entre aquellos que son “salvados” y aquellos que no lo son. Al igual que los fundamentalistas, ellos creen que los seres humanos que mueren sin aceptar a Cristo están condenados a una eterna separación de Dios. Asimismo, concuerdan también con los fundamentalistas en que la gente “natural” –aquellos que no han sido “salvados”- es incapaz de hacer cualquier obra buena por sí misma.
Por último, la mayoría (aunque no todos) de los evangélicos comparte el enfoque fundamentalista sobre el fin del mundo. Prácticamente todos los evangélicos creen que las profecías bíblicas se cumplirán, y una mayoría concuerda con los fundamentalistas en la posición conocida como pre-mileniarismo: la creencia de que el retorno de Cristo precederá el establecimiento de un profetizado reino de mil años de paz. En última instancia, todos los esfuerzos humanos por construir un mundo de paz fracasarán.

Dadas estas similitudes, no es de extrañar que muchos observadores tiendan a confundir a los evangélicos y los fundamentalistas, pensando que los primeros son simplemente una versión suavizada de los segundos. Sin embargo, existen importantes diferencias entre la cosmovisión de los fundamentalistas y la de los evangélicos. Aunque las posturas teológicas sobre estos temas pueden ser muy técnicas y matizadas, los evangélicos tienden a actuar bajo la influencia de una forma más alegre de calvinismo. La estricta posición es que el sacrificio de Cristo en la cruz fue solamente destinado al pequeño número de almas que Dios quiere salvar; las otras no tienen ninguna posibilidad de salvación.
Psicológica y doctrinalmente, los evangélicos norteamericanos generalmente tienen una perspectiva menos sombría. Ellos consideran que los beneficios de la salvación están potencialmente disponibles para todo el mundo, y que Dios da a todos la gracia suficiente como para elegir la salvación si lo desean. La estricta doctrina calvinista divide a la humanidad en dos bandos con muy poco en común. En la visión evangélica predominante, Dios ama a cada alma, se aflige de forma inimaginable cuando alguna se pierde, y busca urgentemente salvarlas a todas.
Todos los cristianos, ya sean fundamentalistas, liberales o evangélicos, reconocen por lo menos formalmente la responsabilidad de demostrar amor y compasión ante todos, cristianos o no. Para los evangélicos, esta demanda tiene una urgencia extra: miles de millones de almas malditas todavía pueden ser salvadas por Cristo. El ejemplo que los cristianos establecen en sus vidas diarias, la ayuda que dan a los necesitados, y la efectividad de su proclamación del evangelio –todo esto puede traer las almas perdidas hacia Cristo y ayudar a cumplir con el plan divino. Los evangélicos constantemente refuerzan el mensaje de la responsabilidad cristiana con el mundo. En parte como resultado, los evangélicos a menudo están abiertos, e incluso deseosos, a la acción social y cooperación con los no creyentes en proyectos para mejorar el bienestar humano, a pesar de que siguen creyendo que aquellos que rechazan a Cristo no pueden unirse a Dios después de la muerte.

Los evangélicos pueden ser difíciles de predecir. Conmocionados por las recientes encuestas que muestran que una gran mayoría de los estadounidenses rechaza la teoría de la evolución, intelectuales y periodistas en los Estados Unidos y en el extranjero se han preparado para un ataque a fondo sobre la ciencia darwiniana. Pero ninguno de estos ataques violentos se ha aproximado. La opinión pública norteamericana ha rechazado siempre al Darwinismo, incluso en estados como Alabama, Mississippi, y Carolina del Sur, que tienen grandes poblaciones cristianas activas, universidades estatales que enseñan astronomía, genética, geología, y paleontología sin preocuparse por la cosmología religiosa; y Estados Unidos continúa respaldando a la comunidad científica de mayor éxito en el mundo. La mayoría de los evangélicos no encuentra nada raro en esta aparente contradicción. Tampoco desean cambiarla –a diferencia de los fundamentalistas. El pragmatismo de la cultura estadounidense se combina con la casta un tanto anti-intelectual de la religión evangélica para crear una muy amplia tolerancia pública para lo que, para algunos, parecería ser un intolerable nivel de disonancia cognoscitiva. En el siglo XVII, la puritana Harvard se opuso a la cosmología copernicana, pero hoy la América (Estados Unidos) evangélica está en gran parte satisfecha con dejar que las discrepancias entre la cronología bíblica y el registro fósil permanezcan sin resolver. Lo que a los evangélicos no les gusta es lo que ellos llaman “cientificismo”: el intento de enseñar la evolución, o cualquier otro tema, de una forma tal que excluya la posibilidad de la existencia y actividad de Dios.

Los evangélicos son más optimistas que los fundamentalistas acerca de las perspectivas de progreso moral. La minoría post- mileniarista entre ellos (que sostiene que Cristo regresará después de mil años de paz mundial, no antes) cree que este proceso puede continuar hasta que la sociedad humana alcance un estado de santidad: que el progreso religioso de los individuos y las sociedades puede culminar en el establecimiento de un reino pacífico a través de un proceso de mejora gradual. Esta es una visión de la historia muy compatible con el optimismo de los cristianos liberales; de hecho, los evangélicos y los cristianos liberales se han unido en varios esfuerzos comunes por la mejora moral en el plano nacional e internacional a lo largo de la historia norteamericana. Aunque la mayoría pre- mileniarista es menos optimista acerca del éxito final de estos esfuerzos, los evangélicos norteamericanos frecuentemente son optimistas sobre las perspectivas a corto plazo para la mejora de la humanidad.En su libro “Imagine! A God-Blessed America: How it could happen and what it would look like” (2005), el evangélico conservador Richard Land describe y justifica este optimismo evangélico: “Creo que podría haber otro Gran Despertar en nuestro país, un renacimiento nacional… Las Escrituras nos dicen que ninguno de nosotros puede saber con certeza el día o la hora del regreso del Señor. Por lo tanto, no tenemos derecho de abandonar al mundo a su propia miseria. En ninguna parte de las Escrituras estamos llamados a apiñarnos en forma pesimista en guetos cristianos, expulsando conversos fuera del mundo”.EL EQUILIBRIO DE PODERLas últimas décadas han sido testigo de importantes cambios en el equilibrio del poder religioso en los Estados Unidos. El número de miembros de las iglesias protestantes liberales e históricamente dominantes, llegó al máximo en el decenio de 1960. Desde entonces, mientras que el número de cristianos americanos ha crecido, el número total de miembros en las principales denominaciones ha descendido bruscamente. Según Christianity Today, entre 1960 y 2003 la cantidad de miembros en las principales denominaciones disminuyó en más de un 24 por ciento: de 29 millones a 22 millones. La caída de la cuota de mercado es aún más dramática. En 1960, más del 25 por ciento de todos los miembros de grupos religiosos en los Estados Unidos pertenecían a las siete denominaciones protestantes principales; para el año 2003 esta cifra había descendido en un 15 por ciento. El Centro de Investigación Pew señala que el 59 por ciento de los protestantes americanos se identifica a sí mismo como protestante de la línea principal en 1988; para 2002/2003 ese porcentaje se había reducido al 46 por ciento. En el mismo período, el porcentaje de protestantes que se identifican a sí mismos como evangélicos se elevó del 41 al 54 por ciento.En 1965, había 3.6 millones de episcopales en los Estados Unidos –el 1.9 por ciento de la población total. Para el 2005, había solo 2.3 millones de episcopales –un 0.8 por ciento de la población total. Los miembros de la Iglesia Metodista Unida pasaron de 11 millones en 1965 a 8.2 millones en 2005. En el mismo período, los de la Iglesia Presbiteriana (Estados Unidos) pasaron de 3.2 millones a 2.4 millones, y la Iglesia Unida de Cristo vio una disminución de casi el 50 por ciento.Mientras tanto, a pesar de algunos signos de desaceleración del crecimiento después del 2001, la Convención Bautista del Sur ganó más de 7 millones de miembros para convertirse en la denominación protestante más grande del país. Entre 1960 y 2003, los Bautistas del Sur ganaron más miembros que los Metodistas, Presbiterianos, Episcopales y la Iglesia Unida de Cristo juntos. En 1960, había casi 2 millones más de Metodistas que de Bautistas del Sur en Estados Unidos; para 2003, había más Bautistas del Sur que Metodistas, Presbiterianos, Episcopales, y miembros de la Iglesia Unida de Cristo combinados.El impacto de estas tendencias en la política nacional no ha sido difícil de encontrar. Los que se identifican a sí mismos como evangélicos dan aproximadamente un 40 por ciento de los votos totales de Bush en el año 2004. Entre los evangélicos blancos, Bush recibió un 68 por ciento de los votos nacionales en el 2000 y un 78 por ciento en el 2004. (La mayoría de los evangélicos afroamericanos continúa votando a los demócratas. Entre los hispanos, Bush corre mucho más fuerte entre la creciente minoría protestante que entre los católicos; sin embargo, tanto los hispanos protestantes como los hispanos católicos tenían más probabilidades de apoyar a Bush si eran religiosamente observantes). Los evangélicos han venido desempeñando un importante papel en las elecciones para el Congreso y el Senado, y el número de auto-identificados como evangélicos en el Congreso ha aumentado, desde el aproximadamente 10 por ciento de los miembros en ambas cámaras en 1970 hasta más del 25 por ciento en el 2004.Los fundamentalistas, a pesar de un cierto aumento en su cantidad y visibilidad política, siguen siendo menos influyentes. Esto es en parte debido a que el generalizado optimismo en los Estados Unidos continúa limitando el recurso de la teología ultra calvinista. Además, la política religiosa en los Estados Unidos sigue siendo un juego de coaliciones –uno que la teología fundamentalista, que sigue considerando al Catolicismo como un culto diabólico, está mal preparada para jugar. Para complicar aún más las cosas, los fundamentalistas mismos están desgarrados entre dos posiciones políticas incompatibles: una brusca retirada de un mundo condenado y un ambicioso intento de construir una nueva mancomunidad protestante.Por último, muchos evangélicos siguen siendo resistentes a las actitudes fundamentalistas. “Creo en la palabra de Dios, sólo que no estoy loco por ella”, explicaba el reverendo Frank Page, el nuevo presidente de la Convención Bautista del Sur, tras su elección en junio de 2006.EN EL MUNDOLa creciente influencia de los evangélicos ha afectado a la política exterior de los Estados Unidos de varias maneras; dos cuestiones en particular ilustran los cambios resultantes. En cuanto al tema de las políticas humanitarias y de los derechos humanos, el liderazgo evangélico está alterando las prioridades y los métodos mientras aumenta el respaldo general para la ayuda exterior y la defensa de los derechos humanos. Y sobre la cuestión de Israel, el aumento del poder evangélico ha profundizado el respaldo norteamericano para el estado judío, incluso cuando el “establishment” cristiano liberal se ha distanciado de Jerusalén.En estos y otros casos, el poder político evangélico de hoy no está llevando a los Estados Unidos en una dirección completamente nueva. Hemos visto por lo menos partes de esta película antes: los evangélicos fueron una fuerza dominante en la cultura norteamericana durante gran parte del siglo XIX y los primeros años del siglo XX. Pero el cambio en la orientación del país en los últimos años ha sido muy marcado.Los evangélicos en el mundo angloamericano durante mucho tiempo han apoyado las políticas humanitarias y de los derechos humanos a nivel mundial. El movimiento antiesclavista británico, por ejemplo, fue liderado por un evangélico, William Wilberforce. Los evangélicos fueron consistentes partidarios de los movimientos de liberación nacional del siglo XIX (a menudo, minorías cristianas que trataban de romper con la dominación otomana). Además, los evangélicos lideraron una cantidad de campañas reformistas, a menudo con connotaciones feministas: contra el “suttee” (la inmolación de las viudas) en la India, contra la deformación de los pies en China, en apoyo de la educación femenina en todo el mundo en desarrollo, y contra el tráfico sexual (la trata de blancas) en todo el mundo. Los evangélicos también se han interesado en cuestiones relativas a África.Como los evangélicos retomaron hace poco una posición de poder en la política norteamericana, han respaldado causas similares y dado una nueva energía y apoyo a los esfuerzos humanitarios. Bajo el presidente Bush, con el fuerte respaldo de Michael Gerson (un evangélico que fue asesor principal de políticas y escritor de discursos de Bush), la ayuda estadounidense para África se incrementó en un 67 por ciento, incluyendo 15 mil millones de dólares en nuevos gastos para los programas de lucha contra el VIH y el Sida. Políticos africanos, tales como Olusegun Obasanio de Nigeria y Yoweri Museveni de Uganda, han hecho hincapié en sus propias credenciales evangélicas para conseguir apoyo en Washington, tal como lo hicieron Sun Yat-sen y Madame Chiang Kai-shek alguna vez. Gracias a la presión evangélica, los esfuerzos por reprimir el tráfico de personas y la esclavitud sexual de mujeres y niños se ha convertido en una prioridad mucho más alta en la política de los Estados Unidos, y el país ha encabezado la lucha por el fin de la guerra en Sudán. Rick Warren, pastor de una mega-iglesia evangélica en el sur de California y autor de “The purpose driven life” (el volumen solo más vendido en la historia editorial norteamericana) ha movilizado a su congregación de 22.000 personas para ayudar a combatir el Sida en todo el mundo (con una conferencia sobre el tema, y entrenando a voluntarios) y para establecer relaciones con las iglesias en Ruanda.No obstante, los evangélicos no han seguido simplemente las órdenes del día en asuntos humanitarios y de derechos humanos elaboradas por los líderes liberales y seculares. Ellos han hecho de la libertad religiosa –incluyendo la libertad de proselitismo y de conversión- el centro de sus esfuerzos. Gracias en gran parte al apoyo evangélico (aunque también han desempeñado un rol importante algunos católicos y judíos), el Congreso aprobó una Ley de Libertad Religiosa Internacional en 1998, estableciendo una Oficina de Libertad Religiosa Internacional en el un tanto escéptico Departamento de Estado.A pesar de estas iniciativas gubernamentales, los evangélicos, por razones culturales y teológicas, a menudo están sospechados de prestar ayuda de estado a estado y a instituciones multilaterales. Ellos prefieren las organizaciones a nivel local y basadas en la fe. Por lo general, los evangélicos son rápidos a la hora de apoyar los esfuerzos por hacer frente a problemas específicos, pero son escépticos acerca de los grandes diseños y los esfuerzos de desarrollo a gran escala. Los evangélicos a menudo reaccionan fuertemente ante determinadas instancias particulares de sufrimiento humano o injusticia, pero están más interesados en la solución de problemas que en la creación de instituciones. (Los cristianos liberales a menudo lamentan esta característica como evidencia del anti-intelectualismo de la cultura evangélica).La política norteamericana hacia Israel es otra área donde la creciente influencia evangélica ha sido evidente. Esta relación también tiene una larga historia. De hecho, el sionismo protestante americano es significativamente más antiguo que la versión judía moderna; en el siglo XIX, los evangélicos le pidieron en reiteradas oportunidades a funcionarios de Estados Unidos establecer un refugio en Tierra Santa para los judíos perseguidos de Europa y el Imperio Otomano.La teología evangélica norteamericana tiene una visión única del rol del pueblo judío en el mundo moderno. Por un lado, los evangélicos comparten la extendida opinión (cristiana) de que los cristianos representan a los nuevos y verdaderos hijos de Israel, herederos de las promesas de Dios para los antiguos hebreos. Sin embargo, a diferencia de muchos otros cristianos, los evangélicos también creen que el pueblo judío tiene un rol continuo en el plan de Dios. En los siglos XVII y XVIII, cuidadosos estudios sobre las profecías bíblicas convencieron a eruditos y creyentes evangélicos de que los judíos regresarían a la Tierra Santa antes del retorno triunfante de Cristo. Además, mientras se espera que los tumultuosos años antes del retorno de Jesús atraigan muchos judíos a Cristo, muchos evangélicos creen que hasta ese momento la mayoría de los judíos continuará rechazándolo. Esta creencia reduce significativamente las potenciales tensiones entre evangélicos y judíos, dado que los evangélicos no esperan, como lo hizo Martín Lutero, que una vez expuestos a la verdadera fe los judíos se conviertan en grandes cantidades. La ira de Lucero cuando su expectativa no fue satisfecha condujo a un enfoque aún más antisemita de su parte; esto es poco probable que suceda con los evangélicos contemporáneos.Los evangélicos también encuentran que la existencia continuada del pueblo judío es un fuerte argumento tanto para la existencia de Dios como para su poder en la historia. El libro del Génesis narra que Dios le dijo a Abraham, “Y haré de ti una gran nación, y te bendeciré. … Y bendeciré a quienes te bendigan, y maldeciré a quienes te maldigan. En ti serán bendecidas todas las razas de la Tierra”. Para los evangélicos, el hecho de que el pueblo judío haya sobrevivido a través de los milenios y que hayan regresado a su antiguo hogar es la prueba de que Dios es real, que la Biblia es inspirada, y que la religión Cristiana es verdadera. Muchos creen que la promesa del Génesis sigue vigente y que el Dios de Abraham literalmente bendecirá a los Estados Unidos si es que Estados Unidos bendice a Israel. Ellos ven en la debilidad, la derrota, y la pobreza del mundo árabe una amplia evidencia de que Dios maldice a aquellos que maldicen a Israel.
Las críticas a Israel y Estados Unidos por apoyar esto dejan a los evangélicos impasibles. En todo caso, solamente refuerzan su convicción de que el mundo odia a Israel porque “el hombre caído” naturalmente odia a Dios y a su “pueblo elegido”. En defensa de Israel, los evangélicos sienten que están de pie por Dios –algo que están dispuestos a hacer contra el mundo entero. De esta manera, John Hagee –pastor principal de una mega- iglesia de 18.000 miembros en San Antonio, Texas, y autor de varios bestsellers del New York Times – escribe que si Irán se moviliza para atacar a Israel, los norteamericanos deberán estar preparados para “detener a este enemigo maldito en su camino”. “La política de Dios hacia el pueblo judío”, escribe Hagee, “se encuentra en el Génesis 12:3”, y continúa citando el pasaje sobre las bendiciones y las maldiciones. “¡América está en una encrucijada!” advierte Hagee. “¿Creeremos y obedeceremos la Palabra de Dios con respecto a Israel, o continuaremos equivocándonos y simpatizando con los enemigos de Israel?”
El regreso de los judíos a la Tierra Santa, sus extraordinarias victorias sobre los más grandes ejércitos árabes, e incluso la creciente oleada de odio que amenaza a los judíos en Israel y en el extranjero, no solo fortalece el compromiso evangélico con Israel sino también la posición de la religión evangélica en la vida norteamericana. La historia moderna de los judíos se lee como un libro de la Biblia. El Holocausto es una reminiscencia de los esfuerzos genocidas del faraón en el libro del Éxodo y de Amán en el libro de Esther; el posterior establecimiento de un estado judío recuerda a una de las muchas victorias y liberaciones similares de los judíos en las Escrituras hebreas. Los extraordinarios sucesos de la historia judía moderna son tomados por los evangélicos como prueba de que Dios existe y que actúa en la historia. A esto se le añaden las consecuencias psicológicas de las armas nucleares, y muchos evangélicos comienzan a sentir que están viviendo en un mundo como el de la Biblia. Que la política exterior norteamericana ahora se centre en la defensa del país contra la amenaza del terrorismo en masa que, potencialmente, involucra armas de horror apocalíptico manejadas por fanáticos anti-cristianos librando una guerra religiosa motivada por el odio hacia Israel, no hace sino reforzar las pretensiones de la religión evangélica.Tradicionalmente los cristianos liberales en los Estados Unidos (como los secularistas liberales) también han apoyado al sionismo, pero desde una perspectiva diferente. Para los cristianos liberales, los judíos son un pueblo como cualquier otro: por lo tanto, los cristianos liberales han respaldado al sionismo de la misma forma en que han apoyado a los movimientos nacionalistas de otros grupos oprimidos. Sin embargo, en las últimas décadas cada vez más cristianos liberales han llegado a simpatizar con el movimiento nacional palestino sobre la misma base. En 2004, la Iglesia Presbiteriana aprobó una resolución llamando a una desinversión limitada de empresas que estaban haciendo negocios con Israel (la resolución fue esencialmente anulada en el 2006 tras una encarnizada batalla). Un estudio reveló que un 37 por ciento de las declaraciones formuladas por las principales iglesias protestantes sobre abusos de los derechos humanos entre el 2000 y el 2004 se enfocaron en Israel. Ningún otro país ha incurrido en críticas tan frecuentes.Teóricos de la conspiración, especialistas y periodistas seculares en los Estados Unidos y el extranjero han apuntado hacia una conspiración judía o, más eufemísticamente, a un “lobby judío” para explicar cómo el apoyo estadounidense a Israel puede crecer al mismo tiempo que la simpatía por Israel disminuye entre lo que alguna vez fue el “establishment” religioso e intelectual. Una respuesta mejor está en la dinámica de la religión norteamericana. Los evangélicos han ido adquiriendo cada vez más poder social y político, mientras que los cristianos liberales y los intelectuales seculares han estado perdiéndolo. De esto no se debe culpar a los judíos.EL NUEVO GRAN DESPERTAREl actual momento evangélico en los Estados Unidos aún no ha llegado a su fin. Para los secularistas y liberales en los Estados Unidos y el extranjero, esta es una perspectiva inquietante. Sin embargo, un optimismo mesurado sería una mejor respuesta que el horror y el pánico. La religión en los Estados Unidos es demasiado pluralista como para que domine cualquier corriente individual. La creciente presencia e influencia de las comunidades no cristianas en el país (judíos, musulmanes, budistas, hinduistas y, sobre todo, secularistas) seguirá limitando la capacidad de cualquier grupo religioso de imponer sus valores en todos los ámbitos.Los liberales, sean religiosos o no, puede que quieran oponerse a la agenda evangélica en la política interna. Sin embargo, por lo general estas discusiones pueden cesar al borde del agua. Mientras el creciente establishment evangélico gana experiencia en política exterior, es probable que resulte ser un valioso –si no siempre fácil- compañero para el establishment principalmente secular o cristiano liberal. Algunos temores sobre la influencia evangélica en la política exterior son simplemente pretenciosos. Por ejemplo, tras los ataques del 11 de septiembre se había generalizado el temor de que los cristianos evangélicos exigieran una guerra santa contra el Islam. Unos pocos líderes religiosos prominentes (generalmente fundamentalistas, no evangélicos) hicieron comentarios intemperantes; Jerry Falwell se refirió al Profeta Mahoma como un “terrorista”. Pero fue ampliamente reprendido por sus colegas.Los evangélicos norteamericanos generalmente tratan de aferrarse a su fe personal y su fuerte identidad cristiana protestante mientras se comprometen con las personas a través de líneas confesionales. Los evangélicos han trabajado con los católicos contra el aborto, y con judíos religiosos y seculares para respaldar a Israel; ahora podrían acercarse a los musulmanes. Después de todo, las escuelas y los hospitales misioneros fueron el primer contacto que la mayoría de los medio orientales tuvo con Estados Unidos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial; los evangélicos manejaron más de un siglo de estrechas relaciones, generalmente cooperativas, con los musulmanes en todo el mundo árabe. Los musulmanes y los evangélicos están preocupados por la pobreza en el mundo y en África. Ambos grupos se oponen a la dominación del discurso público e internacional por las ideas seculares. Ambos creen que las figuras y los valores religiosos deberían ser tratados con respeto en los medios de comunicación; tampoco les gusta la glorificación del sexo casual en el entretenimiento popular. Tanto el Islam como el evangelismo son religiones democráticas sin un sacerdocio o jerarquía eclesiástica. Musulmanes y evangélicos nunca estarán de acuerdo en todo, y a la gente secular puede no gustarle algunos de los acuerdos que alcancen. Pero promover el diálogo musulmán- evangélico puede ser una de las mejores formas de evitar la amenaza de una guerra entre civilizaciones.Por otra parte, los observadores nerviosos deberían recordar que la teología evangélica no produce automáticamente una política exterior jacksoniana o populista. Un proceso de discusión y de mutuo acomodamiento puede, en muchos casos, reducir la brecha entre los evangélicos y los otros en una amplia gama de cuestiones. Preocuparse por que los políticos evangélicos ayuden a Estados Unidos a encerrarse en posiciones inflexibles y extremas es una pérdida de tiempo; por ejemplo, trabajar con líderes evangélicos reflexivos para desarrollar un enfoque basado teológicamente sobre los derechos palestinos, ampliará la base para políticas norteamericanas reflexivas (aunque nunca contra Israel).
Del mismo modo, la participación de los evangélicos en discusiones más amplias sobre política exterior puede dar lugar a desarrollos sorprendentes y (para algunos) alentadores. Un grupo de destacados evangélicos conservadores recientemente firmó una declaración sobre el cambio climático que afirmaba que el problema es real, que la actividad humana es una importante causa contribuyente, que los costos de la inacción serán altos y que afectarán desproporcionadamente a los pobres, y que los Cristianos tienen la obligación moral de ayudar a enfrentar la situación. Mientras tanto, los evangélicos que comenzaron a oponerse a la violencia sudanesa y las incursiones esclavistas contra los cristianos en el sur de Sudán han seguido para ampliar el trabajo de la coalición para proteger a los musulmanes en Darfur.
Los evangélicos probablemente se enfocan más en el excepcionalismo estadounidense que los liberales, y se preocupan más por la moralidad de la política exterior norteamericana de lo que muchos realistas prefieren. Pero el poder evangélico se ha establecido para quedarse en un futuro previsible, y quienes están preocupados por la política exterior norteamericana harían bien en alcanzarlo. A medida que más líderes evangélicos adquieren experiencia de primera mano en política exterior, es probable que ofrezcan algo que ahora lamentablemente está ausente en el mundo de la política exterior norteamericana: un grupo de expertos de confianza, muy versados en los matices y dilemas de la situación internacional, que sean capaces de convencer a grandes cantidades de norteamericanos de apoyar las complejas y contra – intuitivas políticas que a veces son necesarias en este perverso y frustrante –o, digámoslo, caído- mundo.Traducido de: God´s country?
Walter Russell Mead. Foreign Affairs, septiembre/octubre 2006
Walter Russell Mead es Investigador Principal Residente Henry A. Kissinger de Política exterior de Estados Unidos en el Council on Foreign Relations.
Véase el art. original en:
http://www.foreignaffairs.org/20060901faessay85504/walter-russell-mead/god-s-country.html